FICIC (07): GEOGRAFÍAS Y ESPACIOS

junio 18th, 2013
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Night of Silence

Por Fernando Pujato

El cine siempre ha sido una geografía. Durante mucho tiempo una que pendulaba entre el Nuevo y el Viejo mundo, concretamente entre los Estados Unidos de América y algunos países europeos como Francia, Alemania, Italia, en alguna medida Inglaterra, y algunos films sueltos detrás de la cortina de hierro, donde también estaba la Unión Soviética pero que no participaba de aquella circulación transoceánica; la Nouvelle vague pudo ver algunos films japoneses (¡sin subtítulos!) pero esto es otra cuestión. El caso es que esto ha cambiado y ahora tenemos acceso a otras geografías, a otros tipos de cine, no sólo a escala planetaria sino aún dentro de los países propiamente dichos, no sólo Corea o Portugal -por nombrar dos cinematografías exquisitas con las salvedades del caso, por supuesto-  sino también aldeas perdidas en las montañas turcas, el D.F. mexicano, y el Conurbano bonaerense, por poner tres ejemplos que vienen al caso. El cine también es un espacio, no sólo en el sentido físico del término sino también con respecto a las distancias que se establecen entre los personajes y los objetos, a la forma en cómo se disponen y de qué manera se ocupan esos espacios, a las decisiones formales que se toman a partir de privilegiar, o intentar hacerlo, el todo respecto a las partes o a la inversa. Encerrar, literalmente, a dos personajes tratando de dar cuenta de una situación cultural que los excede, relacionar vidas a través de una búsqueda personal dentro de una gran urbe, poner al descubierto una situación social por medio de individualidades no arquetípicas son, ciertamente, preocupaciones que no sólo le atañen a un director de cine, tal vez porque pese a cualquier estrategia que se despliegue, formal o narrativamente, por acotar el espacio cinematográfico, éste siempre ha sido público; los pequeños o grandes mundos nunca han sido cerrados, sólo hay que estar atentos a las significaciones que se despliegan en ellos.

Night of Silence

Cuando Night of Silence abre con una panorámica en un cementerio y continúa con una breve conversación entre lo que parece ser el jefe de la aldea y un subordinado que ha pasado muchos años en una cárcel. El jefe dice que, ahora, él debe preocuparse en buscar una esposa y tratar de ser feliz. La impresión es que se va a asistir a un film acerca de la redención. Cuando se inician los preparativos de la boda, las mujeres y los hombres, cada uno por su lado y a su manera, preparan a los novios en una suerte de rito iniciático gravoso y colorido a la vez; se tiene la sensación de que el film derivará, irremediablemente, hacia la explotación costumbrista de postales folk para el consumo occidental. Afortunadamente no ocurre nada de esto y el film se concentra sobre la pareja formada por un sesentón y una adolescente en su noche de bodas, dentro de una habitación clausurada al resto del mundo, hasta la mañana siguiente en la que el hombre debe dar cuenta de su logro exhibiendo una sábana (manchada de sangre, obvio) ante la comunidad, como lo dictan las costumbres locales. Tampoco ocurre nada de esto… El film culmina con un disparo fuera de campo y una panorámica sobre la aldea en un gélido y gris invierno. En el medio, en el transcurso de esa noche, primero tímida y después resuelta, la milenaria autoridad masculina se verá menoscabada por… ¿Por quién? ¿Por qué? ¿Por una revuelta femenina? ¿Por un cambio generacional? ¿Por la modernidad encarnada en una joven que viene a sacudir un orden establecido ancestralmente? No, todo se derrumba debido a un pasado criminal, a la culpa que ya no se puede sobrellevar, a la impotencia por no poder actuar como se debe porque se ha estado demasiado tiempo sin actuar; sólo una tibia reflexión acerca de la constricción de ciertos mandatos culturales y un fuerte discurso acerca de lo que se ha perdido por obedecer códigos mafiosos, lo que no es, ciertamente, lo mismo. Como tampoco lo es creer que porque se acota el espacio a cuatro paredes insertando algún que otro plano picado alcanza para dar cuenta de una situación asfixiante y para que el film no se asemeje a teatro filmado, porque la tensión que presupone colocar en un mismo plano a un hombre mayor y a una jovencita recién esposados tiene más que ver con una disposición y una postura de los cuerpos que la visible diferencia de edad, porque importa más el ángulo de la toma que mover la cámara, y porque hacer recaer el peso del film sobre el discurso de un sólo personaje conlleva el peligro de la sobreactuación, como efectivamente sucede. El film inicia y culmina en el afuera, en el espacio público, trasladar el acaecer de éste al espacio privado no sólo supone riesgos de registro fílmico, supone también pensar que son dos realidades que se pueden paralelizar sin jugar con su alternancia o, lo que es aún más problemático, proyectar sin más la una como extensión o deriva de la otra. Siempre han sido dos cosas distintas y complementarias a la vez, ésta es su riqueza y su límite a la vez: una habitación en un pequeño poblado turco es una habitación en un pequeño poblado turco.

Mi mundo en minúsculas

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Mi universo en minúsculas

En minúsculas, sí, pero en una geografía inmensa como puede serla el D. F. mexicano dentro del cual hay que buscar una tal calle Juárez – ¡nada menos!- número 37 y para lo cual sólo se cuenta con una foto de más o menos 20 años atrás, sin ningún recuerdo que apuntale esa foto, sin señales del pasado, sin referentes del presente; casi un imposible. Pero Aina, que ha venido desde España y es muy, muy linda y es muy, muy terca, tiene una guía postal made in España y unos crayones de todos los colores con los cuales va señalando las calles Juárez 37 que visita, sentada en un bar que atiende una mujer de mediana edad no indígena (un detalle muy importante en una ciudad donde la mayoría de la población es o desciende de aborígenes) con la que entabla una suerte de amistad una vez que a la pobre de Aina le roban la mochila en un mercado de esos mercados que siempre hay en esta parte del mundo en los que siempre se roba algo a los turistas extranjeros. Pero no importa, ella prosigue su implacable pesquisa y, como es de esperar, conoce personas que siempre están interesadas en su historia, que siempre están dispuestas a ayudarla, que siempre son amables y atentas y serviciales, una muestra de afecto aquí, un sano consejo allá, la bonhomía por doquier. Podría ser el caso, no es necesario que la búsqueda de un ser añorado en el medio de una ciudad gigantesca derive en una serie de encuentros tortuosos y que a la desazón y la tristeza por no encontrar la famosa dirección, por no encontrar ni siquiera las huellas de un pasado desconocido, se le sumen sufrimientos perpetrados por otros, después de todo una mochila no es la gran cosa para alguien que tiene un buen pasar – adivinamos, pues nunca lo sabemos en realidad-  al otro lado del mar. Esto es más o menos todo lo que pone en escena Hatuey Viveros, centrando el film en todos los planos imaginables de Aina, rodeándola de personajes amables aunque circunstantes porque, ya se sabe, este lugar no es el suyo, e instaurando un cierre acorde con el tono del film: nada extraordinario sucederá cuando, finalmente, la bella Aina encuentre el 37 de la calle Juárez, tan sólo unas marcas en la pared hechas por su padre, la inscripción de un recuerdo olvidado de una lejana niñez. ¿Y la ciudad de México, esa urbe con más de 9 millones de habitantes, infinitas carreteras, barrios, poblados y demás? Tan sólo algunas vistas diurnas, algún que otro bar, algún que otro colectivo, y no mucho más que esto y pareciera que esta inmensa e inagotable geografía es nada más que una excusa para contar una historia; no existe ninguna distancia entre Aina y todo lo que la rodea, porque su omnipresencia física en todos los planos del film asfixia, paradojalmente, el espacio, y la ciudad no se vuelve ni un recorrer, ni un deambular más o menos errático sino un obstáculo no del todo incómodo que se puede sortear con buena voluntad y algo de suerte. El universo personal puede ser, ciertamente, minúsculo, pero siempre hay un mundo que lo rodea, que lo expande o lo limita; el problema, como siempre lo ha sido en el cine, es no olvidar que esta ecuación se debe filmar y no darla por sentada.

Fango

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Fango

Ya desde su inicio Fango es una declaración: no voy a contarles la historia de cómo se vive en una zona marginal de la Argentina (el Conurbano bonaerense) ni tampoco van a ver aquí bellos y cuidados planos acerca de este lugar; les voy a mostrar -en mi peculiar tono del mostrar- parte de lo que significan las relaciones personales en un mundo que a nadie parece interesarle demasiado; tal vez, tan sólo, por lo difícil de su habitar. Y no tanto porque la ley, en el sentido estatal, institucional del término, se encuentre ausente, o porque sea un espacio por conquistar donde todo vale, no existan códigos de ningún tipo y cualquiera con la suficiente fuerza y poder pueda ejercer un liderazgo comunitario indiscutido e indiscutible, sino más bien porque una delgada e inestable línea entre lo permitido y lo no permitido, entre lo que se puede pero no siempre se debe hacer, separa la violencia simbólica de la física; el estallido puede sobrevenir en cualquier momento, sobre todo en un lugar donde la circulación de las conductas es tan público como puede serlo el concierto de una banda de tango trash o un secuestro o un ajuste de cuentas. Es más o menos este orden  el que  desarrolla Fango pero sin contar una historia con principio, nudo dramático, y final, sin pretender imprimir una lógica al relato, sin buscar explicaciones sociológicas para dar cuenta del porque ocurre lo que ocurre, y mucho menos adentrarse en la psicología de sus personajes -exculpándolos o condenándolos- para entender porque actúan como actúan, y si bien es cierto que el pasado de algunos de ellos deja entrever heridas no cicatrizadas, sueños sin concretar, equívocos sin reparar, el presente es todo lo que tienen, es la urgencia del hoy y del ahora, porque se intuye -y muchas veces se sabe- que en cualquier momento se puede abandonar este pequeño mundo; la precariedad de la vida no es un discurso, es un accionar. Que este tránsito adopte la forma que adopta, seco, casi frío, no es otra cosa que la transposición de una geografía humana en el discurrir público, no el paisaje sino la manera de ocuparlo, pequeños territorios con sus pequeños logros, férreos lazos de pertenencia y de códigos, porque cuando uno de ellos se resquebraja o se deja de cumplir, no hay vuelta atrás y la reparación de cualquiera de estas instancias, ya se sabe, tiene consecuencias irreparables: un horizonte finito, de muerte, un horizonte infinito, de muertes sin resolver. La crudeza de la forma de Fango, que no se parece en nada a la estetización norteamericana de la violencia de los films de Tarantino o a la crueldad asiática de algunos films de  Park Chan-Wook -por poner dos ejemplos que vienen al caso quizá porque son las antípodas de la originalidad de Campusano- adquiere toda su dimensión en las figuras que se juegan en el espacio público de unas vidas cuya privacidad depende siempre de lo que acontece por fuera de ellas, tal vez, en última instancia, por fuera de sus estrictas decisiones individuales, sea cual fuera el tipo de comunidad al que se pertenece. Dar cuenta de esto es insertarse en la tradición del cine que no es, por supuesto, un bello travelling o una historia bien narrada, aunque esto siempre nos produzca placer, claro está.

Fernando Pujato / Copyleft 2013

DESPUÉS DE LA TIERRA / AFTER EARTH

junio 18th, 2013

¿Sueña Will Smith con ovejas eléctricas?

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por Santiago Gonzalez Cragnolino

En Después de la Tierra, M. Night Shyamalan (director de El sexto sentido, pero también de El último maestro del aire) dirige a Will Smith y a su hijo Jaden Smith en la última fantasía pos- apocalíptica de Hollywood. La Tierra ha sido devastada por la humanidad, que debe encontrar nuevos planetas que habitar. En uno de estos planetas se encuentran unos aliens letales, una especie de arácnidos mutantes que detectan a los humanos al oler las feromonas que despedimos cuando sentimos miedo. En el combate con estos monstruos forja su reputación el militar que interpreta Smith padre, un tipo capaz de suprimir sus emociones y así ser “invisible” para estas criaturas, a las que mata con la eficacia de una máquina. Su hijo es un cadete que quiere seguir los pasos de su padre pero no alcanza semejantes resultados. El padre, siempre severo y demandante finalmente le da una oportunidad a su hijo al llevarlo consigo en su última misión. Para infortunio de ambos la nave que los transporta sufre un accidente y quedan varados en la Tierra. Para empeorar las cosas el padre se rompe las piernas y queda postrado en la cabina de la nave. Será tarea del joven Smith cruzar parte del inhóspito planeta y dar la señal de rescate. Esta será la premisa de Después de la Tierra, con el accidente como desencadenante de la aventura de iniciación del joven y también cómo una excelente excusa para que Will Smith realice una de las actuaciones más perezosas que se hayan visto en los últimos años.

El hombre se la pasa sentado, con cara de malo, hablando en un tono monocorde; el rostro se mantiene rígido en su gesto serio, medio enojado. El rictus de Will Smith funciona como metáfora de la película: una obra de un solo tono, un ejercicio desposeído de sentido del humor y una tarea mecánica. Después de la Tierra parece dirigida por un robot, o tal vez por un grupo de científicos que formulan una serie de algoritmos que resultarían en una película de aventuras. Es en realidad un film aséptico, casi totalmente carente de imaginación donde la forma (cinematográfica) se convierte en fórmula.

Se puede rescatar algún mérito de Después de la Tierra, como algunos planos aislados que son visualmente alucinantes, pero sería más que nada un elogio a la técnica. Y si los efectos especiales son el fuerte de la película, el soporte de filmación elegido no les hace justicia: la filmación en HD, con su textura hiperrealista, hace un enorme contraste con las imágenes realizadas por computadora y las deja en evidencia. De esta manera se hace imposible suspender la incredulidad ante la fantasía y dejarnos sorprender por lo que vemos, involucrarnos emocionalmente con lo que sucede en pantalla.

La película de Shyamalan remite a algo parecido a un software. Si la película tiene algún público, si los amantes de los efectos especiales pueden apreciar algo en Después de la tierra, en cuestión de meses probablemente buscarán un reemplazo, una versión actualizada y mejorada.

Hay que decirlo, hay un momento sorprendente en la película. Ocurre en los primeros minutos: cuando se narra el proceso de cataclismo de nuestro planeta se utilizan imágenes reales de tsunamis, incendios y diversos desastres naturales. La fuerza de esas imágenes puestas en la pantalla grande es quizá lo único verdadero en la película de Smith/Shyamalan. Sin embargo, con el correr de los minutos ese momento auténtico se diluye. Se percibe más como un glitch, un error informático, una falla en el programa.

La película futurista Después de la Tierra es entonces paradójicamente una película de actualidad y lo es en el peor sentido. En unos años será una pieza de museo, un caso de estudio para los arqueólogos de imágenes. En un futuro más lejano será para sus espectadores una muestra de las curiosas imágenes que creaban con computadoras los seres humanos hacia el año 2013.

Santiago Gonzalez Cragnolino / Copyleft 2013

CINECLUBES DE CÓRDOBA (05): HISTORIAS DE EMANCIPACIÓN

junio 17th, 2013
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Orí

Por Roger Koza

Cualquier espectador que empiece a frecuentar los cineclubes de la ciudad y la provincia de Córdoba tendrá en menos de un mes la primera clarividencia: el cine es un país de mil caras.

Orí(1979-1989), la extraordinaria película de Raquel Gerber, sintetiza casi diez años de investigación sobre la negritud como una ontología y una política que trasciende al concepto europeo de estado-nación, en este caso para describir un país como Brasil. Con el ciclo de cine alemán en 16mm y ahora con el (re)descubrimiento de este filme, los organizadores de La Quimera puede sentirse satisfechos y los cinéfilos cordobeses agradecidos.

“La tierra es circular, el sol es un disco. ¿Dónde está la dialéctica? En el mar”. Así empieza Orí, vocablo yoruba cuya traducción sería “la cabeza”. En el filme el concepto se extiende a la identidad y a la memoria. Gerber recurre a Beatriz Nascimiento, una investigadora de la cultura negra en el contexto de la cultura dominante en Brasil. Nascimiento formula un concepto clave para la lucha política y la emancipación de los negros: el quilombo (hace un par de siglos, un espacio de resistencia donde se defendía un ethos en riesgo).

Ya no se trata de una contienda por el fin de la esclavitud (el filme se estrenó en vísperas del centenario de la abolición de la esclavitud en Brasil), sino de un nuevo período de emancipación: concebir un mundo más allá de las categorías de la cultura europea y caucásica. La película insiste en mostrar que, tras la superficie de un país moderno, hay una nación viviente que remite a la cultura africana no oficial. Las escuelas de samba serían los quilombos más visibles en la actualidad, pero Gerber registra más prácticas culturales que estructuran el imaginario brasileño popular y ancestral. (Miércoles 19, a las 20.30hs, en Teatro La Luna, Pasaje Escuti esq. Fructuoso Rivera. Gerber estará presente en la función).

Curiosidad: Ongamira (2012), también de Gerber, podrá verse en el Espacio INCAA de la Ciudad de las Artes, en la sala Juan Oliva. Los temas del filme van de Jiddu Krishnamurti (en el recuerdo más emocional que intelectual de Juan Carlos Asís, alguna vez secretario del pensador indio) al legado de los comechingones (con interpretaciones que no parecen tener el rigor antropológico necesario para abordar una cultura tan peculiar). (Lunes 17 a las 19.30 y 21.30hs, y martes 18 a las 21hs).

Otras historias de emancipación

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Dead Man

Dead Man (1995): en la obra maestra de Jim Jarmusch, un tal William Blake, interpretado por Johnny Depp, camina rumbo a su muerte junto con Nobody, un nativo de América del Norte. Este western lisérgico, como alguna vez lo llamó Jonathan Rosenbaum, es una película notable sobre las culturas originales de los Estados Unidos. (Miércoles 19 a las 22hs, en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, Bv. San Juan 49)

Las líneas de Wellington (2012): quienes hayan visto Misterios de Lisboa, del gran Raúl Ruiz, percibirán un aire de familia con este filme concebido para televisión que iba a dirigir el gran realizador chileno, fallecido hace dos años. Finalmente, su esposa, Valeria Sarmiento, dirigió esta película profundamente antibélica situada en las invasiones de Napoleón al territorio portugués, en septiembre de 1810. El elenco es un top ten del cine internacional: John Malkovich, Mathieu Amalric, Marisa Paredes, Catherine Deneuve, Isabelle Huppert, Nuno Lopes, Carloto Cotta, Michel Piccoli, entre otros. (En Cinéfilo Bar, Bv. San Juan 49, viernes 21 a las 20.30hs)

Las flores del cerezo (2008): de nuevo la fascinación de la alemana Doris Dörrie por la cultura japonesa, en un delicado filme sobre el concepto budista de impermanencia aplicado a un drama familiar que bien podría haber sido filmado por el gran Yasujiro Ozu. (Del jueves 20 al domingo 23, a las 20.30hs, en el Cine Teatro Córdoba, 27 de Abril 275)

UN RÉGIMEN DE LOCOS: THE ACT OF KILLING, UN DIÁLOGO CON JOSHUA OPPENHEIMER (PRIMERA PARTE)

junio 16th, 2013
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The Act of Kllling

Por Roger Koza

 “The Act of Killing” (El acto de matar) se vio recientemente en Argentina en el BAFICI y ahora se puede ver en la Tercera Edición de Lima Independiente (Perú). Se trata de una película polémica sobre el fascismo como experiencia social que redefine el alcance del cine político en general y del documental en particular.

Un ejercicio de imaginación: Videla, Massera, Menéndez, etc. deciden hacer un film sobre sus presuntas proezas patrióticas. En sus fantasías delirantes, luchaban contra un mal reconocible y venenoso llamado comunismo, que iba a mancillar la pureza de la nación y abolir, entre otras cosas, un artículo de fe inviolable: la propiedad privada. Mataron en nombre de la patria y la salvaron de una debacle moral y espiritual.

Imaginemos ahora que los homicidas de la dictadura argentina hubieran triunfado para siempre. Las tres décadas de democracia nunca existieron, y un impúdico relato oficial se ha impuesto como natural. En Ética y Formación Ciudadana los estudiantes leerían una historia casi mítica de cómo mataron y torturaron por amor al prójimo, libraron una batalla contra el mal y lo vencieron. Desde entonces ellos y el mismo pueblo redimido de sus impulsos revolucionarios enfermizos llamaron a sus héroes nuestros “gángsters” (que, además, significa “hombres libres”). ¿Un disparate? ¿Una pesadilla?

En The Act of Killing, Joshua Oppenheimer reclutó a los líderes de Pancasila, una organización paramilitar que asesinó a miles y miles de presuntos comunistas en Indonesia, entre 1965 y 1966. Desde entonces, estos 007 de una dictadura impía y feroz se convirtieron en héroes nacionales. Después de varias décadas en el poder, las nuevas generaciones tal vez desconozcan la lucha contra los comunistas. Es por eso que los asesinos están dispuestos a hacer un film para corregir posibles interpretaciones maliciosas y perpetrar la memoria histórica.

Con delicadeza y un respeto exento de complicidad, Oppenheimer se ganó la confianza de los asesinos y aceptó filmar sus fantasías y deseos, pero el filme, en su trama completa, los expone en su delirio y mantiene una distancia secreta y una táctica efectiva; lo que pudo haber sido un manifiesto fascista se convierte en su opuesto: una impugnación contundente del fascismo.

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Joshua Oppenheimer

Roger Koza: ¿Cómo supiste de este episodio histórico?

Joshua Oppenheimer: Me enteré sobre las matanzas de 1965-1966 mientras hacía The Globalization Tapes en 2002. Cuando rodaba esa película, Christine Cynn y yo vivíamos en una comunidad de sobrevivientes en una región rural a las afueras de la ciudad de Medan, al norte de Sumatra. Allí se intentaba organizar un sindicato. Las mujeres estaban muriendo debido a un aerosol llamado paraquat para matar los yuyos, el que tenía un ingrediente del Agente Naranja que se disolvía en el hígado. Los sindicatos habían estado prohibidos hasta entonces, lo que coincidió con mi estadía en Indonesia. El mayor obstáculo que enfrentaban los trabajadores para organizar el sindicato era el temor que albergaban: el sindicalismo fue poderoso hasta 1965, y sus miembros (los padres, tíos, abuelos de mis amigos que estaban participando en The Globalization Tapes) habían sido acusados de ser procomunistas, y por esa razón fueron asesinados o llevados a prisión, durante el genocidio de 1965-1966.

RK: ¿Cómo concebiste la película, y de qué modo este encuentro te llevó a rodar The Act of Killing?

JO: Ellos nos dijeron que los asesinos de entonces vivían entre nosotros, que por ejemplo mi vecino de al lado había asesinado al tío de unos de mis personajes, y me advirtieron que podía ser peligroso que se enteraran que nos estaban contando sobre lo sucedido. Sin embargo, nos sugirieron que entrevistáramos a los responsables. Afirmaban de que si lo hacíamos se iban a sentir complacidos y orgullosos de hablar con nosotros. Me sorprendió porque en general un criminal no suele jactarse de sus crímenes, excepto que no lo consideren como tal. Fue así que empecé a filmar la vida cotidiana de la aldea, cerca de la casa de mi vecino, quien había asesinado a la tía de mi amigo. Nosotros esperábamos que nuestras actividades le despierte curiosidad y entablar así una relación. Y muy pronto sucedió. Era más viejo que la mayoría, y le pregunté en qué había trabajado a lo largo de su vida. Respondió: “Fui guardia de seguridad en las plantaciones, pero me ascendieron a manager debido a que exterminé (250 menumpas en sus términos) 250 operarios comunistas”. Luego nos mostró cómo los golpeó hasta dejarlos inconscientes y cómo los sumergía en una acequia de irrigación. Mientras nos contaba todo se reía, y decía que sus músculos ya no eran fuertes como en aquel entonces. Mientras relataba lo sucedido, su nieta de 10 años miraba y parecía aburrida, como si hubiera escuchado esa misma historia una infinidad de veces. Si este hombre era un paradigma, se trataba entonces de una gran historia. Queríamos saber si había otros asesinos similares que hablaran sobre lo que habían hecho con la misma jactancia e informalidad. Y de ser así, queríamos saber por qué. Le pedí si me podía presentar a otros asesinos que estuvieran vivos, miembros de su patrulla, oficiales en servicio, y también si podía presentarnos a los líderes de los escuadrones de muerte de las aldeas vecinas. Por dos años, conocí a cuanto perpetrador pudiera, y pude corroborar que la jactancia del primer perpetrador era modélica.

Fue esto lo que me condujo a hacer The Act of Killing. Me di cuenta de que la historia no era lo que había sucedido en 1965, sino lo que estaba pasando en el presente; es decir, cómo era posible que estos hombres se sintieran cómodos respecto de sus crímenes. Nadie los veía como criminales, más bien lo contrario: sus crímenes de lesa humanidad se celebraban. Y me pregunté: ¿cómo se verán a sí mismos? ¿Cómo les gustaría que los miraran? Y más importante todavía, ¿qué pasa en nuestra humanidad cuando se constituye una realidad diaria sostenida en la mentira y el terror? De eso se trata el film; un intento de responder a esas preguntas.

RK: ¿Qué tipo de negociación hiciste con los protagonistas y por qué confiaron en vos?

JO: ¿Cómo pude obtener la confianza de los asesinos? Del mismo modo que uno consigue la confianza de cualquier ser humano: los traté con amabilidad y apertura, y escuché sus historias. Hay que tener en mente que nada de lo que hicieron, desde su perspectiva, era susceptible de sospechas. No necesitaban esconder nada de lo que hicieron. En realidad sucedía lo opuesto: sentían que sus actos del pasado merecían celebrarse, y justamente es ése el síntoma evidente de una terrible enfermedad moral y social que la película intenta examinar. Por otro lado, no tuve que convencerlos de hacer la película. Querían. Ellos aman las películas estadounidenses. Y además yo los conocí como un estadounidense que quería hacer una película. Los EE.UU. apoyaron 100% sus acciones. Su líder, Effendy Nasution, en tiempos de matanzas, consideraba al cónsul estadounidense en Medan como un “amigo cercano”. De algún modo sentían que mataban en nombre del cine estadounidense para protegerlo del boycott. Simplemente asumieron que yo estaba de su lado. En Sumatra del norte no existe una clase media intelectual crítica que sí se puede identificar en Jakarta. Una persona que puede pagar un boleto de avión con destino a Medan, o un boleto para salir desde ahí está en consonancia con el poder, y el poder en el norte de Sumatra está monopolizado por lo asesinos y los socios de los gángsters. Creyeron que estaba de su lado. No tenía siquiera que utilizar eufemismos: palabras como matar (membunuh) y exterminar (menumpas o memusnahkan) poseían una connotación heroica en el discurso dominante en el norte de Sumatra, debido a que las víctimas eran “los comunistas”.

También tienes que recordar que al final no se trataba de un casting genérico de “asesinos”, sino de individuos. Anwar fue el número 41 entre los perpetradores que filmé.

Y en el film cada individuo tiene una motivación diferente por la que participan en él. Permíteme contártelo: Adi se acercó a nosotros diciendo que la matanza había sido un error, que el gobierno tenía que pedir disculpas, que el partido comunistas era absolutamente legal en los años que el genocidio tuvo lugar, y que los asesinos habían sido mucho más crueles que los comunistas. Sostenía que la propaganda del gobierno era una mentira, y que debería tener lugar una reconciliación. ¿En qué se podría estar en desacuerdo con esas afirmaciones? Todo esto se lo dijo a Anwar, pero la culpa y la consciencia de Anwar le resultaba a Adi una amenaza: destituía el modo en el que él había lidiado con todo lo que él había hecho. Por lo tanto Adi se cerró y abandonó esa posición progresista con la que había llegado. El hecho es, creo, la habilidad del propio Adi en convencerse (intelectual y racionalmente) de que sus actos habían sido correctos; era un fenómeno tan poderoso que también podía permitirse conmocionar a sus oyentes al expresar su inesperada posición progresista sobre el carácter erróneo de los asesinatos, y la obligación del gobierno en pedir disculpas. Pero la culpa y el trauma de Anwar amenazaban la habilidad de Adi de lidiar y encerrarse en sí mismo, y convertirse entonces en la mayor hipócrita de la película.

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The Act of Killing

En Anwar es distinto, y es también más importante. Fue en el segundo día de rodaje que conocí a Anwar, cuando baila el chachachá en el techo, allí en donde había matado a más de 1000 personas. (Y el lugar de la escena final de la película cuando se ahoga en el techo, que fue la última vez que filmé con él). Entendí que su baile era una suerte de alegoría sobre la impunidad: es evidente que nadie le había sugerido que no correspondía matar, o que bailar en el lugar en el que él había asesinado a tanta gente con sus propias manos era inapropiado. Yo estaba en lo cierto. Pero Anwar, de todos modos, no sólo está contento en el techo. Su conciencia ya está presente. Nos dice que es un gran bailarín porque llevó una vida de playboy: y que baila y toma como un modo de olvidar los horrores de las matanzas y conjurar la locura. La pregunta es: si él está intentando olvidar lo que sucedió, ¿por qué desea aparecer en una película en la que se reconstruye lo que él hizo?

Mi hipótesis es que él espera que, por aparecer en el film, por ser parte de una película que, como él dice es “una hermosa película familiar acerca de una aniquilación masiva”, podría rectificar sus recuerdos. Por el sólo hecho de reconstruir e interpretar el pasado tiene la esperanza de contener –en un gesto, en el discurso y en una performance- lo que sucedió. Un distanciamiento entre él y lo que hizo. Del mismo modo que incorporó la actuación –como lo hizo Elvis, o los gángster, o los vaqueros, como lo expresa en el film- para distanciarse de él mismo respecto de lo que estaba haciendo, en el momento de asesinar. En ese sentido, Anwar obtuvo de las películas de Hollywood algo más que un conjunto de métodos para asesinar. También aprendió ahí un modelo de interpretación. Para Anwar, el acto de matar fue siempre un modo de actuar. (Recuerda, él dice que le daría a la película un toque general de musical a lo Elvis Presley: bailar en el camino y asesinar con dicha). Actuar le ayudó a distanciarse de él mismo, y del horror que le infligía a otros, y de ese modo sobrevivió y permaneció intacto.

Pienso que cuando Anwar empezó a reconstruir los eventos tenía la esperanza de embellecer cada escena, y por consiguiente hacer que coincidiera con lo que él deseaba, y así, una vez más, podía distanciarse de sí, alejarse de las pesadillas que sufría en sus recuerdos. Inesperadamente, al traspasar por las distintas reconstrucciones dramáticas, Anwar revivió su modo de interpretar “las escenas” en el pasado. Algo que lo llevó a un viaje muy oscuro, y a todos nosotros, quienes estábamos involucrados en la película. Una vez que el viaje se oscurece, Anwar tomó una decisión consciente que consistía en explorar su dolor. El primer signo real fue cuando nos contó sus pesadillas. Tal vez quería exorcizarlas. O dramatizarla para que los momentos oníricos fueran menos terribles. Pero este fue el primer signo externo en el que se podía advertir que Anwar quería profundizar en su trauma, y de algún modo, aunque no del todo consciente, atravesarlo en el mismo proceso de hacer el film.

Diría, en relación a lo dicho recién, un punto importante sobre nuestro método. En un sentido se puede ver que el método consistió en darle la oportunidad a Anwar en componer su propio retrato. Ni bien componía algunos rasgos de él dábamos un paso atrás y mirábamos lo que él había concebido, y decidíamos cuál iba a ser el próximo paso del retrato. En el inicio, él quería componer un retrato heroico y verdadero, “una hermosa película familiar acerca de una aniquilación masiva”. No hubiera sido suficiente el mero componer un retrato heroico, pues la totalidad del problema psicológico residiría en representar los detalles sangrientos de un modo que no le hubiera asustado. (Y el problema político para Anwar consistía en la destitución de su reputación, que dependía de su imagen de verdugo: ¿cómo hacer una película sobre él en el se evitará describir cómo le quitaba la vida a los pobladores?

De a poco, Anwar se dio cuenta que tenía que tomar una decisión: la película podía ser heroica o verdadera, pero no podía ser las dos cosas al mismo tiempo. Al final, Anwar tomó la decisión más valiente: ir por la verdad.

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The Act of Killing

RK: Corrígeme si estoy equivocado: encuentro que el plano fijo general inicial en el que se ve un edificio moderno de ventanas de vidrio es ideológicamente preciso y relevante, un espacio elegido para justamente brindar la información mínima que se necesita saber de la historia de Indonesia. Esos edificios, por otro lado, son íconos del capitalismo oriental. ¿Es así?

JO: Absolutamente. Con ese inicio se toma conciencia del genocidio de Indonesia y del apoyo occidental al mismo tiempo en un plano en el que se ve un shopping mal, cuyo encuadre deja ver un cartel de publicidad luminoso a la izquierda y otro de McDonald a la derecha. A menudo la gente me pregunta “qué puede hacer occidente respecto de la situación de indonesia”. Siempre les recuerdo sobre el genocidio, la dictadura militar que le siguió, el régimen corrupto del que las compañías occidentales pueden contar con los gángsters paramilitares para frenar las huelgas, derrotar a quienes protestan y robar tierra; es esta la visión occidental sobre Indonesia.

La Corte Internacional del Crimen de La Haya sólo cuestiona a los regímenes que occidente impugna o aquellos regímenes que han sido derrocados, mientras la vida política de Indonesia es celebrada como una democracia islámica moderada, un modelo que los países de la Primavera Árabe podrían emular.

La película expone el vacío moral y cultural que es inevitable cuando nosotros dependemos del sufrimiento de otros pueblos para nuestra supervivencia. La película sostiene un espejo oscuro que refleja a Anwar, a la sociedad de Indonesia y a todos nosotros. A menudo me preguntan: “¿En alguna ocasión no quisiste alejarte del horror, regresar a tu casa, escapar?”. Por supuesto, la respuesta más honesta es: no hay lugar alguno para ir. Todo lo que toca mi cuerpo, la ropa que uso para darme abrigo, todo está atrapado por el sufrimiento de la gente que trabajó para eso. Virtualmente todo aquello de lo que dependemos para nuestra vida cotidiana se produce en lugares cuyas historias poseen alguna matanza a gran escala, lugares en donde los asesinos han triunfado y se explota las memorias terribles del pasado –y en donde la represión continúa- para mantener a los trabajadores con miedo de tal modo que no luchen por el control de sus propias vidas y destinos. Los famosos sweatshops sostienen parte de nuestro orden económico en vigencia, dependemos de éstos para nuestra supervivencia. (Los trabajadores que hicieron la computadora en la que estoy tipiando para responder esta entrevista viven en unos dormitorios que tienen una redes de protección en los corredores que dan a la ventana para que los trabajadores, en sus momentos desesperados, no salten).

Mal que nos pese, dependemos de gente como Anwar y sus amigos para que el costo humano de los productos que usamos no esté en el precio final. En ese sentido, somos huéspedes de un festín caníbal. Es cierto que no estamos tan cerca de las carnicerías de Anwar y sus amigos, pero estamos sentados en la misma mesa. En esa línea, todos somos asesinos. Así como el acto de matar a tanta gente ha destruido a Anwar (y su reconocimiento, al menos de un modo inconsciente, de este hecho lo condujo a sentirse asfixiado por el horror al final de la película), nosotros también podemos sentir el peso por el hecho que nosotros dependemos del sufrimiento de los otros para poder sobrevivir. Karl Marx y otros filósofos han hablado de la alienación, pero la experiencia es también de aislamiento, atomización, soledad, desesperación, desamparo, cinismo. Mucha gente sale de devastada de ver The Act of Killing debido a el hecho de experimentar este tipo de emociones, de las que ni siquiera sabían que estaban sintiendo. Se trata, tal vez, de una fenomenología de la alienación.

El vacío, el hueco del que somos testigos en personas como Haji Anif y Japto Soerjosoemarno (los líderes políticos en The Act of Killing), es en cierto sentido nuestro propio agujero. Hay dos consecuencias en la película que se ven en “la galería de la vida salvaje”. Es una de las mayores atracciones turísticas en Medan, y le pertenece a Rahmat Shah, el hermano de Haji Anif. La cuestión es que ellos olvidan decir que toda la vida salvaje en la galería está muerta; los animales han sido asesinados. Es como si en el intento vacío y desesperado de construir un legado y el prestigio concomitante culmina  en un acto de coleccionar cadáveres de animales extraños (“el último dinosaurio negro”). La taxidermia deviene  en una interpretación erróena en conservación. Al final, nos quedan esas pequeñas figuras de cristal. Vacío y fantasmas. Espero, por lo menos, que podamos disfrutar de nuestra danza macabra al borde del precipicio, justo en el abismo de la aniquilación.

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The Act of Killing

RK: En efecto, Hollywood es visto como una máquina simbólica en la que los “gángsters” se miran a sí mismos. Al respecto tomás algunas decisiones clave de puesta en escena, como la reconstrucción de ciertos episodios donde se ven los métodos para asesinar a los enemigos, representados con convenciones características de géneros cinematográficos del cine estadounidense. ¿Fue una sugerencia de los protagonistas o una idea tuya?

JO: Es tal cual como se ve en el filme. Anwar (el protagonista principal) y sus amigos aman las películas estadounidenses, y siempre soñaron con estar en una. No tenían un registro de lo que significa un documental, entendido como una forma cinematográfica, excepto por lo que ven en la televisión. Cuando los conocí querían hacer una película; me mostraron lo que hacían poniéndome a mí en el lugar de quienes mataban. Quería ver. Ellos habían hecho cosas indignantes, como bailar el chachachá en donde mataban a la gente. Quería saber cómo se imaginaban, y por qué diablos pensaron que bailar en un lugar en donde se había llevado a cabo una matanza sería aceptable. ¿Se sentían liberados? Tenía que averiguarlo, y lo hice del modo más obvio: proyectarles el material grabado y ver cómo reaccionaban. Esperaba con total seguridad que Anwar iba a abandonar el film cuando se viera por primera vez en el techo de la casa en donde mataba. Y de hecho, pienso que el primer plano de él viéndose a él mismo en donde se lo ve molesto con él no miente: pienso que está molesto. Pero todavía no estaba en condiciones de darle voz a esa emoción, y no estaba preparado aún para ver qué hacer con eso. Es por que eso que elige cubrir lo que está viendo con una capa de embellecimiento y estilo. Entonces sugiere secarse el pelo, cambiar de atuendos. Y el único modo de responder a mi pregunta -¿qué sentía realmente?- era seguir con él en su viaje hasta que, finalmente, al final de la película, podemos ver algunos de sus sentimientos, auténticos y honestos, incluso si éstos no vienen acompañados de palabras, y Anwar, acaso, no pueda entender qué significa todo lo que está sintiendo.

Una vez que se entiende este proceso, la reconstrucción de los hechos resulta orgánico al film. En ningún momento se los engañó respecto a qué tipo de película se estaba haciendo. Anwar y sus amigos sabían que las escenas reconstruidas existían solamente como un método para comprender cómo Anwar y sus amigos se veían a si mismos. Al final, si le daban un nombre a las escenas reconstruidas, si inventaban una ficción, funcionaba sólo como un recurso para ayudar a estimular la imaginación y sus fantasías, pero jamás como algún segmento autónomo de un film de ficción.

Hay un texto al principio de la película que explica todo esto, y hay varios signos a través de toda la película, como cuando Herman le dice a los matones antes de que se reviva la masacre en la aldea: “Este es el único documentad en el que aparece un ministro de nuestro gobierno”. Ellos saben que no se trataba de un película de ficción. Si la audiencia lo olvida, eso sucede porque Anwar y sus amigos hacen propio el proceso mismo de rodar la película. Tratan de dirigir. Y eso era esencial para que las escenas de ficción tuvieran autenticidad, y pudieran revelar por consiguiente algo importante. En ese sentido, estoy contento si el espectador olvida que ellos no están haciendo su propio film, siempre y cuando al final del film no estén distraídos por el deseo de ver las película que ellos deseaban.

Según mi experiencia, aun cuando el público pueda sentir curiosidad una horas más tarde, acerca de cuál hubiera sido la película que imaginaban Anwar y sus amigos, eso está más allá de la película concreta.

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The Act of Killing

En el cine directo, el cineasta pretende estar documentando una realidad en donde la cámara-sujeto no está presente. Si yo registro a un niño que va a la escuela, al menos que esté filmando ese acto en sí una y otra vez , el mayor acontecimiento en el día de ese niño no es la escuela, sino que yo lo estoy filmando a él y a sus compañeros de clase. Me tendré que esmerar para conseguir que los chicos “se comporten con normalidad”, ignoren la cámara y pretendan que yo no estoy ahí. (Esto no significa que el cine directo no permita obtener un conocimiento penetrante respecto de lo que sucede y se pone en juego en la vida de las personas o en las instituciones filmadas, pero todo lo que se ve ha sido inevitablemente organizado por la puesta en escena que surge de la propia intimidad del cineasta con sus sujetos, y el conocimiento obtenido de esa realidad depende de esa intimidad, una experiencia real que el cineasta pretende simplemente estar documentando).

En el cinéma vérité, Rouch utlizaba con precisión la presencia de un personaje para poder hacer visible algo que previamente se mantenía invisible en la superficie de lo real, a saber: el modo en cómo los personajes se imaginaban a si mismos. Véase, por ejemplo, Chronique d’ete, Petit-a-Petit, Moi Un Noir, Jaguar.

Mi trabajo se alinea con la tradición de Rouch. Como he dicho, me interesaba cómo se imaginaban y se veían los asesinos a si mismos. En vez de poner en marcha ciertas piruetas arbitrarias, necesarias para construir una realidad en la que nosotros, los cineastas, simulamos estar ausentes, ¿por qué no reconocer que en el momento en el que se filma a alguien (excepto un juego deportivo o algo inanimado) estamos creando una nueva realidad con nuestros sujetos fimados? Y entonces, ¿por qué no crear directamente una realidad más reveladora frente a los cuestionamientos que nos inquietan?

Me di cuenta que si a estos asesinos presuntuosos, que parecían felices con sus actos, se les daba el espacio para teatralizar lo que habían hecho, cómo lo habían hecho y cómo se habían sentido al hacerlo, yo podía responder a mis preguntas: ¿cómo se imaginan estos hombres a si mismos? ¿Cómo les gustaría que los imagine? ¿Cómo les gustaría ser imaginados por su sociedad? ¿Y por el resto del mundo? Y lo que es más importante, ¿qué sucede respecto de nuestra humanidad cuando se constituye una realidad cotidiana sostenida en la mentira y el terror?

En síntesis, me di cuenta que mi método de trabajo podía constituir las condiciones para realizar un documental observacional de la imaginación. 

(PRIMERA PARTE)

Esta entrevista fue publicada en otra versión por Ciudad X durante el mes de abril de 2013. 

En el blog se puede leer tres notas sobre The Act of Killing. 

1. Mi breve reseña para el catálogo de Ficunam en español y en inglés (y también una brevísima sinopsis crítica aquí)

2. El extraordinario texto de Nicolás Prividera sobre el film se puede leer aquí

3. El breve análisis ligeramente escéptico de Jorge García se puede leer aquí. 

La entrevista con Joshua fue enteramente realizada por email, pero con algunos intercambios entre una respuesta y otra. Debido a que mis preguntas eran muchas y extensas Joshua decidió responder en algunos casos con respuestas que correspondían a una entrevista similar que le hiciera Errol Morris en otra oportunidad; el director me pidió que intentará hacer coincidir mis preguntas con esas respuestas. En los momentos que me resultó imposible, Joshua respondió directamente a mis inquietudes. 

Roger Koza / Copyleft 2013

LOS POSIBLES

junio 15th, 2013

**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Koza

LUZ Y MATERIA

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Los posibles, Argentina, 2013

Escrita y dirigida por Santiago Mitre y Juan Onofri Barbato

*** Hay que verla

La nueva película de Mitre (en colaboración con Onori Barbato) es un film que está en las antípodas de la laureada ópera prima solitaria del realizador.

Se ha dicho, probablemente con razón: Los posibles, codirigida por Santiago Mitre y Juan Onofri Barbato, es la película más cinética del cine argentino de todos los tiempos. En principio, los seis jóvenes que copan las escenas bailando y moviéndose por el espacio de un sótano transformado en escenario desconocen la inercia. Los bailarines saltan, se cuelgan de unas vigas y se balancean como juncos, chocan entre sí, se ríen, corren; cuando parecen estar quietos, los globos oculares van coreográficamente de un lado a otro. Detenerse es una interdicción y el movimiento un mandato fisiológico. Pura libido grupal en movimiento regulada por una forma de danza no exenta de cierto homoerotismo tribal.

¿Qué es todo esto? ¿Quiénes son? Los bailarines provienen de un centro de integración social en González Catán conocido como Casa La Salle. Los planos de apertura los presentan de espalda en un paisaje urbano reconocible: es, definitivamente, el Conurbano Bonaerense. Es la primera indicación sociológica.

La compañía se llama Grupo KM29, y surge de las clases de danza del coreógrafo y bailarín Onofri Barbato. La obra fue presentada con éxito en el Teatro Argentino de La Plata (y también en el Teatro San Martín de Capital Federal). En algún momento, unas panorámicas del edificio muestran en qué zona del teatro se hacía la obra. Otro apunte sociológico.

Los posibles es una versión cinematográfica de la pieza teatral y musical homónima. ¿Cómo filmar el despliegue físico, las figuras en el espacio que sugieren rituales pretéritos y algún que otro elemento narrativo mínimo? El espectáculo es de por sí hipnótico: los bailarines se desplazan como si sus cuerpos fueran magnitudes físicas que giran en torno a un centro impreciso. El filme está estructurado en dos actos, con una presentación y un cierre que demarcan una realidad social específica frente a un espectáculo poseído por una abstracción abstrusa y desprovista de palabras. Al comienzo del segundo acto, que parece cambiar el registro, los bailarines descansan en una imaginaria caverna platónica y hablan una lengua perdida, inclasificable, pero el imperativo motriz volverá a imponerse en pocos minutos.

Si El estudiante de Mitre se sostenía en la energía de su discurso, Los posibles sustituye el discurso no tanto por el movimiento como por la relación sublime entre la luz y el cuerpo de los intérpretes. Más allá del misterio de las formas creadas por KM29, Mitre, que prioriza seguir el movimiento mediante planos cerrados, pone más atención en el cuerpo y su anatomía solitaria que en la Gestalt implicada en la lógica de la danza. No debe haber más de diez planos generales, una elección formal que contradice el dictamen natural de un filme sobre música y danza. Pero la cámara no asume una mera condición de observador: en algún sentido, baila siguiendo de cerca a los bailarines y midiendo la luz, que funciona como un contrapunto coreográfico de los cuerpos. Es notable un plano en contraluz en el que el cuerpo del bailarín interrumpe la trayectoria de la luz. Es el instante de mayor potencia cinematográfica de toda la película, un prodigio visual. Como en muchas películas del cine argentino reciente, el director de fotografía es Fernando Lockett, que ha descubierto el secreto para que las cámaras digitales puedan integrar la información de lo real de tal modo que la textura de la imagen cobije con gentileza el espesor del espacio y la gracia de los volúmenes.

Que la luz y su relación con los cuerpos acapare sigilosamente la lógica de Los posibles no significa que la puesta en escena renuncie a seguir la propuesta dramática de la obra. Los travellings laterales y hacia adelante o atrás, algunos raccords perfectos y ciertas elecciones precisas de distancia y posición de cámara para un plano general develan la preocupación de Mitre por ser fiel al registro de la partitura de KM29.

No es difícil adivinar en donde reside la posible sospecha que se puede articular frente a Los posibles. Se dirá, con desprecio e indignación, que estamos frente a un espectáculo de feria: los salvajes pueden bailar, retomar las energías todavía incivilizadas y transformarlas en signos decorosos, un poco rudimentarios, que remiten a un pasado remoto. ¿Es así? No hay duda que la gestualidad de los bailarines no comporta ninguna clave de lectura codificada. Los gestos abruptos son indescifrables; esto no es el teatro Nō en donde la mínima expresión de una ceja puede indicar la aparición de una nube y el público y el espectador ya sabe de qué se trata. La gestualidad está disociada del signo, o en todo caso se intenta que desborde al mismo. El resultado, en última instancia, no es muy distinto al buscado por autoridades de la danza contemporánea. La violencia contra el sentido se puede verificar en varios pasajes de “Los posibles” de KM29, del mismo modo que se puede observar en algún pasaje de cualquier puesta de Pina Bausch, por citar un nombre consagrado. Pero, en el primer caso, el intérprete parece no estar autorizado a la protesta contra el sentido, supuesto privilegio de otra clase social que sí tiene el permiso para convocar el costado salvaje de su alienación. No hay que olvidar que son los KM29 quienes han concebido el espectáculo como tal. Son ellos los dueños de una forma expresiva.

Los posibles no se parece a nada. Lejos de ser un número de videodanza o una enmascarada sesión de expresión corporal, la película de Mitre y Onofri es una experiencia física y magnética, un trance cinematográfico que libera al cine de su costado narrativo y potencia hasta el infinito los placeres perceptivos frente a la sensualidad de la materia en movimiento.

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La voz del interior en el mes de junio 2013

Roger Koza / Copyleft 2013

EL CINEMATÓGRAFO 2013 (03): CANNES 2013 (LADO B)

junio 14th, 2013

EL CINEMATÓGRAFO 2013 (2): CANNES 2013 (LADO A)

junio 14th, 2013

FICIC (06): EL LENGUAJE DESCONOCIDO: UN DIÁLOGO CON JOSÉ CELESTINO CAMPUSANO

junio 13th, 2013
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Fango

Por Roger Koza

Fango, la última película de José Celestino Campusano, con la que se llevó el premio a mejor director en la competencia argentina del último Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y el de mejor película en la competencia internacional del Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín, es mucho más que una película sobre dos amigos que intentan formar una banda de “Tango Trash”; en el contexto del film, esta mixtura musical entre Pappo y Troilo es tan simpática como anecdótica.

El peso narrativo de Fango pasa por revelar una sociedad invisible para nuestros ojos: el amor, la justicia, el adulterio, la igualdad de género adquieren una dimensión desconocida. Sin duda, los personajes son inolvidables y sus actos son desafiantes, pero Campusano jamás juzga a través de su cámara, solamente intenta dejar un registro fidedigno sobre un momento específico en la historia de una cultura.

La poética de Campusano ha sido forjada desde el mismo universo representado en sus filmes, y es por eso que el poder de su cine es inimitable. El cine pocas veces tiene que ver con la verdad. He aquí una excepción.

***

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Fango

Roger Koza: Tengo la impresión de que Fango es tu película más lograda, casi perfecta; su austeridad es notable, su economía narrativa admirable. ¿Cómo llegaste a concebir Fango? ¿Cómo surge la historia que contás y los personajes que desfilan en el film?

José Celestino Campusano: Como todas nuestras producciones, Fango surge a partir de un hecho realmente acontecido. La gran particularidad aquí es no permitir que ni una sola palabra escrita antecediera a ninguna toma; sólo escribía someramente aquellas escenas que sí estaban concluidas. Hay un principio en la construcción de nuestros films que se relaciona con no retroceder por ninguna contingencia, ya que si intentamos plasmar cadencias vivas se puede decir que el universo tampoco suele pedir permiso.

RK: Siempre insistís sobre un concepto, una idea a la que denominás “composición colectiva”. ¿Qué significa este concepto en tu trabajo?

JCC:  La composición colectiva es una suerte de embriaguez, de extensión de la conciencia hacia un área donde el vehículo de esa conciencia (nuestro cuerpo constituido por prejuicios, anhelos, bajezas, rencores y logros) simplemente se integra a una función mayor, a saber: crear en conjunto. Para que suceda, en lo personal, retrocedo todo lo necesario como director sin perder un gramo de autoridad; la concordia pasa a ser la norma y retiramos del set las palabras “yo” y “mi”.

RK: ¿Trabajás las escenas con un guión técnico o improvisás los movimientos de los actores y la modalidad de registro en cada escena? En Fango hay ciertas elecciones de encuadre y una búsqueda constante de trabajar sobre el registro.

JCC: Lo sublime resulta cuando el lenguaje corporal de cada cual, esa verdadera danza de la materia cuyo ritmo se teje en los rincones más íntimos de las células, determina la puesta en escena. La tarea de registro para nosotros se relaciona con respetar al extremo lo establecido, lo que ya está instalado y funciona antes de la llegada de la cámara. Porque a su vez para nosotros lo verdadero es aquello que se instala por repetición.

RK: Hay en los parlamentos una extraña combinación de jerga cotidiana y un discreto pero bellísimo lenguaje poético. ¿Escribís los textos o se trata de un trabajo conjunto de escritura con tus actores?

JCC: Es un trabajo conjunto; generalmente brindo lineamientos, hasta dónde, desde dónde, cómo y por qué, pero es fascinante que el tono de las réplicas sea, como te dije recién, el que ya habita.

RK: Hay en Fango dos líneas narrativas: una  consiste en una exploración hermosa acerca de la amistad y el ejercicio de la misma a través de la música. ¿Qué te interesaba del vínculo entre el indio y el brujo, el músico elegíaco, interpretado con la solidez característica de Oscar Génova?

JCC: Oscar es él permanentemente, tal es así que descubrimos parte del riesgo de trabajar con energías verdaderas. Oscar me comentó no hace mucho que estaba asombrado acerca de lo premonitoria que resultó la película para él. Ese vinculo entre El Indio y El Brujo lo he experimentado y su resolución la he visto también, me resulta muy propio.

RK: El tango trash como género musical fue una invención para el film o esta cruza de heavy con tango, o, como dicen en el film, “llevar el tango al extremo” es parte del mundo simbólico del conourbano?

JCC: Va en paralelo entre el film y la realidad. Es un proyecto por el que venimos bregando mi amigo Claudio Miño y yo. Puede ser que resulte parte del mundo simbólico del conurbano.

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Los intérpretes

RK: Los músicos invitados de la banda, Tolosa, Gauna y el batero, son geniales, ¿de dónde salen?

JCC: Los músicos son amigos de Claudio y la manifestación de Tolosa es absolutamente  coincidente con ese instante de su vida.

RK: El otro vector narrativo es aquel que se establece en torno al adulterio. Ahí se puede observar un conjunto de códigos no explícitos que regulan la conducta de los personajes: una de las parejas validan un espacio permisivo de intercambio sexual exógeno; en otros caso, la fidelidad es un valor absoluto. ¿Estas son elecciones tuyas o pertenecen al orden de la realidad de la cultura que retratás en el film y que poco tiene que ver con la cultura burguesa predominante en la representación cinematográfica?

JCC: El tema adulterio en este segmento social en el que habitamos es una de las grandes constantes que absolutamente nadie tiene resuelta. Es la gran distracción que nos permite no hacernos cargo prácticamente de nada y que (por experiencias propias y ajenas) nos conduce a más dolor y a más soledad. Los esquemas vinculares, en ese sentido, que plantea el film son moneda corriente en el conurbano.

RK: El film no sería el mismo sin la presencia de Nadia. Su personaje es fundamental. ¿Cómo diste con Nadia? ¿Se interpreta a sí misma? ¿Es un personaje enteramente de ficción?

JCC: Dimos con Nadia, justamente, permitiendo la fluidez y el aporte, como dijera el gran Leonardo Favio. Muchas veces simplemente se trata de permitirse escuchar otras voces. Un allegado la sugirió y ella mostró una gran disposición; cuando la vi no podía creer, más aun estando al lado de su amiga Olga (Beatriz en la ficción), dos hallazgos enormes del film. Lo que Nadia expone con su personaje ya habita en ella, pero se puede decir que logró acotar y focalizarse en esa área.

RK: En principio, Fango sugiere una distribución pareja del poder y la fuerza. Los hombres y las mujeres son misteriosamente iguales. Nadia y Daniel son líderes, y la diferencia de género no parece cumplir ningún rol determinante. ¿Se trata de una invención de la ficción o aquí también se “importa” un dato de lo real y se lo incorpora a la ficción?

JCC: ¡Qué pregunta interesante! Te diría que la naturaleza del film simplemente lo llevó a ese nivel. Al margen que años atrás conocí a un grupo de mujeres lesbianas dedicadas al narcotráfico, cuyo trato era siempre cordial, el hecho real aquí se vincula a una dupla de ex presidiarias, hiperviolentas y ligadas a la protección policial.

RK: El film sugiere una reapropiación de elementos característicos de la cultura arrabalera pero en un contexto novedoso e inesperado. ¿Entendés que es así?

JCC: Viendo el trabajo concluido no tengo ninguna duda de que es así, aunque no fue en absoluto la intención.

RK: ¿Cómo llegaste a concebir formalmente el final del film; me refiero a la lucha entre El Brujo y Nadia y la decisión de mostrar el desenlace como una batalla cuerpo a cuerpo a través de unos muy elegantes fundidos en negro?

JCC: El  final deducido por mí era otro; al comentarlo tuve una resistencia feroz de la totalidad del equipo; si Nadia no murió fue por voto popular, y el desenlace es el que quedó. Te confieso que en lo personal me resulta increíblemente adecuado. Lo de los fundidos es un recurso un tanto poético que surgió en el proceso de montaje.

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Campusano y sus actores

RK: En tus películas los barrios y los interiores revelan un espacio poco filmado y a la vez nos permite entender una topología y una modalidad del habitar en el Conurbano: ¿cómo trabajas respecto a la elección de las locaciones? ¿Qué te interesa mostrar?

JCC: Cuando abordamos esas locaciones suplico que no se cambie absolutamente nada; cualquier factor de decoración que se incorpore se torna en una herejía. Incluso la escopeta tumbera a repetición fue construida por un psicópata (que es fabricante) con el que por muy poco no terminamos en un hecho de sangre. Conozco varios artesanos en hierro que podían haber fabricado una, pero hubiera sido aceptar un factor de decoración. Me interesa que el cine sea un equivalente a las pinturas rupestres de Altamira, como si se tratara de un documento para la posteridad.

RK: La presencia de los caballos en Fango es ostensible; lo primero que vemos en el film son caballos. ¿Por qué los incluís, ya que no parece ser una elección caprichosa?

JCC: Simplemente estaban allí todo el tiempo, incluso al caballo muerto lo encontramos muy cerca de la zona de Quilmes en donde más filmamos.

RK: ¿En qué estás trabajando? ¿Cuáles serían tus próximas películas?

JCC: Mañana le damos el corte final a la miniserie de televisión Fantasmas de las rutas, donde nos metemos con el tema de la trata de personas en el marco social de nuestro film Vikingo. Para el año entrante contamos con el apoyo del INCAA para desarrollar un nuevo filme, El perro Molina, un policial atípico y como siempre basado en un hecho real. Y estamos trabajando en un film instalado en la clase alta argentina titulado Placer y martirio.

Esta entrevista fue publicada en otra versión por el diario La voz del interior en diciembre 2012. 

Roger Koza / Copyleft 2013

CRíTICAS BREVES (17)

junio 13th, 2013

Hielo Ice, de Robert Kramer, EE.UU., 1969

Por Jonathan Rosenbaum

Una de las películas “underground” (1969) más radicales del director independiente Robert Kramer (EE.UU.), posiblemente la mejor, fue realizada dentro y en las afueras de Nueva York antes de que él se reestablezca en París. Este potente y crudo thriller de ciencia ficción sobre las guerrillas de ultra izquierda, filmado a la manera de un áspero documental en blanco y negro, tiene un trasfondo épico. (Como tantas películas de arte de la época, políticamente informadas, comenzando por Alphaville e incluso THX 1138, está ubicada en el futuro como una artimaña para criticar el presente). Ahora como entonces, el poder de esta película espeluznante reside en la crítica directa de la paranoia y las luchas internas que caracterizaron las políticas revolucionarias durante la década del ’60. La atmósfera es atemorizante y con frecuencia brutal, sin embargo encontramos observaciones sobre la conducta y algunos momentos de ternura que remiten a las primeras películas de Cassavetes. Una lección de historia mordaz y desconcertante, la contraparte estadounidense de algunas películas conspiratorias de Rivette, un mensaje desesperado encontrado en una botella.

Jonathan Rosenbaum / Copyright 2013

Ice se proyecta el jueves 13 en el cineclub La Quimera a las 20.30, Pasaje Escutti y Fructuoso Rivera.

CRÍTICAS BREVES (16)

junio 12th, 2013

**** Obra maestra ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

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El director de bodas/ Il regista di matrimoni, de Marco Bellocchio, Italia, 2006 (***)

Por Roger Koza

Sergio Castellitto, quizás aquí un alter ego de Bellocchio, vuelve a sostener un film del director de Vincere, aunque esta película está más cerca de La hora de la religión que de su film sobre el Duce. Atmosférica y onírica, El director del casamiento se centra en un episodio extraño en la vida de un cineasta. Franco Elica está eligiendo el elenco para su nueva película. Una mujer misteriosa intenta acceder a una audición. En una estadía breve en Sicilia primero ayudará a un director novato a filmar una boda y posteriormente será contratado violentamente por un misterioso príncipe para registrar el casamiento de su hija, en lo posible en las coordenadas estéticas de Visconti. La premisa del film es enigmática: los muertos mandan en Italia, aunque Bellocchio se contrapone a la muerte apostando a Eros, fuerza viviente con la que se puede escapar de las instituciones. Aquí, el cristianismo y la mafia son dos fantasmas sociales que merodean el relato, y el absurdo y el humor matizan el conjunto de las escenas. Bellocchio es un director virtuoso: el plano inicial de una boda, unos hombres saltando por las calles, un pasaje con dos rottweilers en un castillo vacío y un director de cine “resucitado” esperando al lado del mar por su consagración póstuma son demostraciones del genio del director más importante en actividad de Italia.

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Sueño y silencio, de Jaime Rosales, España, 2012 (***)

No es frecuente filmar con precisión el invisible trabajo emocional del duelo. Inevitable como aquello que lo causa, el duelo es una experiencia anímica que jamás se elige pero que se impone. El peor de los duelos es el que invierte el orden natural: ver morir a un hijo es la apoteosis de la crueldad; y es justamente esa desgracia la elegida por Jaime Rosales. Una familia española vive en París junto con sus dos hijas. Él es un arquitecto exitoso, ella una profesora de español. Aman a sus hijos, sentimiento casi táctil y susceptible de ser capturado en algunas escenas, como aquella en la que toda la familia está reunida en la cama matrimonial al comenzar la mañana. El plano general no suscita sospecha: la familia es aquí una institución compatible con la gracia y la satisfacción. Pero habrá un accidente, visualmente elidido pero narrativamente determinante. Alguien morirá, y a la mitad del relato el discreto paraíso vincular se transfigurará en un valle de lágrimas silencioso y seco. Rosales trabajará sobre la sustancia de su relato por contrastes: el carácter repetitivo de la cotidianidad, al principio fuente de felicidad y estabilidad, será negado dialécticamente en la segunda parte del film. Frente al sufrimiento y lo irreparable, los actos cotidianos carecen de signos que dignifiquen su reiteración. Los planos generales y medios fijos sobre la interacción cotidiana refuerzan la naturaleza observacional de la puesta en escena; en la felicidad, el sentido de las cosas pasa por los vínculos; en la desgracia, el sinsentido sobrevuela y la incomunicación vence. El formalismo de Rosales alcanza aquí su mayor depuración: la obsesión geométrica por encontrar una posición de registro perfecto se constata en el pasaje del velorio; un paseo fantasmal por un parque demuestra un dominio ostensible sobre el movimiento en el espacio (los travellings son prodigiosos); el concepto de fuera de campo se aplica tanto al registro de la conversación como al retrato de sentimientos. En blanco y negro, valiéndose sólo de la luz natural y bajo el vértigo de rodar cada escena en una sola toma, el gesto radical de Rosales consiste en filmar solamente lo imprescindible de una experiencia.

Roger Koza / Copyleft 2013

*El director de bodas se podrá ver en el día de hoy a las 20.30hs en el Cineclub Hugo del Carril de la ciudad de Córdoba (Bv. San Juan 49)