LA COLUMNA DE JORGE GARCÍA (19): NAGISA OSHIMA: ICONOCLASTA Y REBELDE

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Por Jorge García

El cine japonés nunca fue una prioridad en las carteleras porteñas. El impacto que provocó el inesperado triunfo de Rashomon en el festival de Venecia de 1951 y el hecho de que ganara también el Oscar a la mejor película extranjera dieron lugar, en primer lugar, a que en Occidente se le comenzara a prestar atención a las películas de esa procedencia pero también a que en nuestro país se estrenaran varios films de Akira Kurosawa, el director que –por las influencias que se podían detectar en su obra de algunos directores clásicos americanos- mejor se avenía a los (presuntos) gustos occidentales. Esos films, más algunos títulos puntuales también estrenados, no modifican la afirmación del comienzo. Ni Yasujro Ozu, ni Kenji Mizoguchi, mucho menos Mikio Naruse, fueron conocidos a través de la distribución comercial. Por cierto que tampoco los representantes de la llamada, con escasa originalidad, Nueva Ola Japonesa, con la excepción de algunos films de Shohei Imamura, tuvieron espacio en la sala de estrenos, algo que se fue modificando con varios excelentes ciclos exhibidos por la Cinemateca en el Teatro San Martín o alguna retrospectiva ocasional en el Bafici, que permitieron tener acceso, aunque sea de manera parcial, a la obra de varios de esos directores.

Si Kinugasa, Kinoshita, Ozu, Mizoguchi, Naruse, los notables y y todavía desconocidos en estas tierras (salvo por lo que se puede conseguir en internet) Hiroshi Shimizu y Heinosuke Gosho representan, con sus evidentes diferencias, el respeto por las tradiciones de su país, muchas veces expuestas a través de películas deslumbrantes, a partir de 1960 surgieron una serie de directores que decidieron cuestionar esas tradiciones, rechazando a la vez las propuesta temáticas y estéticas de sus antecesores. A este grupo, integrado entre otros, por Masahiro Shinoda, Yoji Yoshida e Imamura perteneció Nagisa Oshima. Nacido en 1932, hijo de un intelectual con ancestros samuráis que murió cuando él era muy pequeño, desde niño se manifestó como un voraz lector y en sus años de secundaria ya escribía prosa y poesía y al ingresar en la carrera de ciencias políticas se manifestó prontamente como un notorio activista dentro del movimiento estudiantil.

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Muerte por ahorcamiento

Su primer contacto con el cine se dio en 1954, cuando entró como asistente de dirección en la compañía Shochiku y, paralelamente, fundó una revista de cine y se dedicó a escribir virulentos artículos y críticas en los que cuestionaba la defensa de las tradiciones sociales y culturales y lo que llamaba “humanismo blando” en la obra de los realizadores antes mencionados. Su debut se produjo en 1959 con La calle del amor y la esperanza, una película que se ha querido relacionar con la Nouvelle Vague francesa, aunque lo único que se puede detectar de ella en el film es la filmación en exteriores. A partir de su segundo film, Cruel historia de juventud, 1960, ya se manifiestan de manera rotunda los rasgos esenciales de su obra, en la que aparte de los cuestionamientos señalados, también –aunque pueda aparecer a primera vista contradictorio- se critican la occidentalización de Japón y el sometimiento a los dictados del imperialismo norteamericano, así como también la presunta sociedad del bienestar de Japón de posguerra. Perteneciente, junto al también recientemente desaparecido Koji Wakamatsu y Masao Adachi al ala más radical del movimiento surgido a principios de los años 60, sus películas están plagadas de personajes amorales que pugnan por sobrevivir en una sociedad en la que no encuentran espacio. Si el sexo y la violencia aparecen como elementos centrales de su filmografía, también en ellas se refleja la desilusión por las políticas de los partidos de izquierda y una mirada pesimista y desesperanzada sobre la juventud de su país y el racismo hacia las minorías coreanas, tal como se puede apreciar en la notable Muerte por ahorcamiento. En 1960, Oshima también rodó dos de sus obras mayores, El entierro del sol y Noche y niebla en Japón, pero el rotundo fracaso comercial de esta última provocó su alejamiento de la Shochiku y un período en el que desarrolló varios proyectos de tono casi experimental. En 1965 Oshima fundó con su esposa, la actriz Akiko Koyama, su propia productora con la que continuó hasta 1973, fecha en que la disolvió, continuando en ese período con una obra revulsiva y de rasgos marcadamente nihilistas, con algunos títulos recordables como Placeres de la carne, Muchacho y Ceremonias. A partir de la mencionada disolución su obra se hizo bastante más espaciada aunque, paradójicamente, mucho más conocida en Occidente, sobre todo por el inesperado éxito de El imperio de los sentidos motivado en gran medida por sus crudas escenas de sexo explícito (personalmente pienso que su siguiente film El imperio de las pasiones es bastante mejor). Sus obras posteriores, Furyo, una buena película, pero, en mi opinión, bastante sobredimensionada por la presencia de David Bowie y la música dulzona de Ryuichi Sakamoto, Max, mi amor, un título notoriamente fallido sobre una mujer que se enamora de un chimpancé y que en manos de un, digamos, Marco Ferreri bien pudo ser una obra maestra y la dificultosamente terminada Tabú, por los problemas de salud del director, no agregan demasiado a su gloria, aunque el antiguo enfant terrible reaparece en el film que se le encomendara para conmemorar los 100 años del cine, donde ignora olímpicamente a los clásicos del cine de su país para tomar como principal referencia del cine de Japón su propia obra. Desde luego que se puede discutir la afirmación de James Quandt, acerca de que se trata el director nipón más importante del siglo XX pero es indiscutible que, a la hora de hablar del cine japonés, la figura de Nagisa Oshima, sobre todo por su filmografía entre 1960 y 1973, es insoslayable.

Jorge García / Copyleft 2013

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